“La danza tiene poder sanador”

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Vocación y destino

Francisca Durão (32) es portuguesa y arquitecta, pero ancló en Buenos Aires para enseñar Clásica y flamenco. El baile como pasión y aliado ante la adversidad.

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Cuando baila domina la técnica aunque atravesada por su intensa emocionalidad. La silueta menuda, erguida desde el piso, se vuelve rotunda y equilibrada, vertical en su eje. La danza está en su sangre y ha estado también en sus lágrimas. Ella perdió a los dos hombres de su vida, su padre y su marido, y a través de la danza exuda su dolor y va aliviando la pena. Francisca Durão (32) nació en Oporto, Portugal, y es arquitecta aunque no ejerce: enseña danzas clásicas, tango y flamenco. Su historia es una de esas que dejan pensando y merecen ser contadas.

La academia del barrio

Llegó a la Argentina en 2006 para hacer su tesis universitaria y para cumplir el sueño de ver bailar tango en Buenos Aires. “Un sueño que teníamos con mi padre; él me hacía escuchar discos de Gardel y de Piazzolla desde que era una niña. Era ingeniero civil y murió por un cáncer de páncreas un par de semanas antes de que yo tomara el avión”, dice en su castellano aporteñado con acento portugués.

Hace apenas unos días que Francisca enviudó. Su esposo argentino, Matías Villavicencio (41)–fotógrafo– sufrió un derrame cerebral dejándola absolutamente sola. No habían cumplido ni cinco años de casados. “La danza me acompaña en mis duelos, no para olvidar aunque sea catártica; estoy presente, en cuerpo y alma, porque soy consciente de su poder sanador” explica y sus ojos celestes se empañan”.

No ha pasado una semana del fatal episodio y ya retomó sus clases. “Este trabajo me conecta con la vida y con personas con quienes comparto la misma frecuencia del arte; me hace muy bien”, asegura.

Quiso bailar desde que cumplió cuatro años y era una chiquita inquieta, de ésas que precozmente saben lo que quieren. Pero recién a los seis, cuando entró a primer grado, le dieron el gusto y la llevaron a aprender danzas clásicas a una escuela de su barrio. “Era una academia particular pero teníamos que rendir anualmente los exámenes de la Royal Academy of Dance de Inglaterra; venía una profesora de Londres y nos evaluaba. Además iba a la escuela, rogando para que se hicieran las cuatro de la tarde y salir corriendo a mis clases de ballet. A los nueve empecé con danza contemporánea y danza jazz”.

Flamenco y arquitectura

Su padre era quien más me incentivaba: él le cosió las cintas a sus primeras zapatillas de baile. Para carnaval quiso disfrazarme de bailarina pero no tenía tutú. Fue él quien se lo hizo. “Tenía mucha habilidad. Además, siempre me ayudó con las maquetas para las entregas cuando cursaba arquitectura”.

Mientras pasaba su niñez y la adolescencia tocaba a la puerta, Francisca se fue dando cuenta que le sería difícil convertirse en una profesional del ballet clásico. A los 18 pensó en irse a Londres “porque las condiciones en mi país no eran las mejores. Además, no tenía la altura ni las piernas largas para el ballet y sentí que la vida de sacrificio que se le exige a una bailarina clásica no iba conmigo. No podría vivir de la danza. Pero además, conceptualmente, un vals no me tocaba tanto como una guajira. Pondría mi formación clásica al servicio de otras danzas que tuviesen para mí más contenido y afinidad. Fue cuando empecé a tomar clases de flamenco con un profesor –Hidalgo de Medeiros, mitad español, mitad portugués– que venía una vez por semana desde Lisboa. De a poco fui interesándome por bailes que fueran expresiones étnicas. En medio de estas reflexiones, decidí seguir una carrera universitaria que seguramente después me iba a nutrir y sería otra salida laboral. Al ver a papá con su profesión, me incliné por arquitectura. Y entré a la facultad. Me puse súper contenta, creyendo que lo iba a conciliar con la danza. Pero fue como recibir un balde de agua fría: noches sin dormir con entregas o preparando finales me complicaron. Y aunque nunca dejé de bailar, iba a las clases cuando podía, practicaba solo una hora por día y faltaba mucho a la academia lo que para mí era fatal”.

Arquitectura y tango

¿Cómo aparece el tango en esta historia? Francisca cuenta que empezó a leer reseñas sobre Buenos Aires, a ver videos de tango por Internet y a conmoverse con la historia argentina durante la dictadura. “Me dije, el tango está conectado con Buenos Aires como el flamenco con Andalucía. ¡Algún día voy a estar en esa ciudad y conoceré el tango! Estaba en quinto año de la facultad y me informaron que se podía hacer un intercambio con alguna ciudad del mundo. Cuando dije que quería ir a Buenos Aires me contestaron que debía ser una ciudad europea. Pedí que me dejaran hacer la gestión con la UBA. Fue un año y medio de mails con la UBA. Y me salí con la mía. Llegué en 2006 con el pretexto de estudiar arquitectura por un año –se ríe– pero la verdad, quería aprender tango. A la mañana iba a Ciudad Universitaria, a la tarde tomaba clases de tango y a la noche a la milonga. Todo con un dolor muy grande porque mi padre había fallecido. En enero de 2006 nos comunicaron que tenía tres meses de vida y suspendí mi viaje. Papá me pidió que no lo hiciera y murió el 15 de julio, con 60 años; diez días después tomé el avión. Lo lloré todo ese año. Los lazos afectivos que hice en ese momento fueron fuertes, por eso me sentí arraigada. Sin embargo, tuve la necesidad de volver a mi casa y estar con mi madre y mi hermana.”

Danza y estado de ánimo

“Sin embargo, aunque vine por el tango, aquí volví a reencontrarme con el flamenco: cuando cursaba en la UBA tomé clases con una profesora. Después regresé a Portugal para escribir mi tesis sobre Buenos Aires, su historia y el trazado urbano. Escribí con un foco puesto en lo social (¡creí que los profesores me iban a matar!) con referencias a Julio Cortázar y tangos de Antonio Lepera. ¡Ni bien terminé la tesis y aprobé sentí una sed de danza como nunca antes! Fue cuando volví y ya para quedarme.” En esa vuelta, Francisca encontró la Academia de Baile Flamenco de Alicia Fiuri y Néstor Spada, donde se anotó como alumna.

“El año pasado me ofrecieron enseñar. ‘¡Estabas tan cerca de España y venís a estudiar flamenco a la Argentina!’ me dicen ellos. También comencé a dar clases de danzas clásicas a grupos de niñas en el Ballet Estudio de Olga Ferri. Los dos institutos son como mi casa, donde encuentro contención; Alicia es como mi hermana y Marisa Ferri como mi mamá. Ellos son mi familia argentina ¡la de sangre está a 10 mil kilómetros! Para descubrirme tuve que pasar por el ballet, en donde era la nena, la princesita de papá, por el flamenco, cuando me sentí yo misma, y por el tango cuando me hice más mujer, bailando con un hombre, abrazando a un compañero. Las danzas fueron acompañando mis estados espirituales.” Al final, flamenco
“Hoy me identifico con el flamenco, quizá por su dramatismo. Al poco tiempo de entrar a la academia de flamenco conocí a Matías, mi marido, en un concierto de jazz. Días antes de morir, él se quejaba de dolores de cabeza y fuimos al médico…”. Los ojos de Francisca se humedecen y se le entrecorta la voz: “El médico dijo que podía ser un problema en las cervicales y le dio un mío-relajante. Fue así, lo perdí de un segundo para otro”.

¿En qué medida incide la danza? ¿Es cierto que ayuda a cerrar heridas? Es evidente que Francisca ya eso hizo la pregunta: “El flamenco, con su cante hondo y sus movimientos viscerales exige una entrega total. Bailar es una metáfora de la vida misma, pero la vida misma sin rutina cotidiana; bailar flamenco es respirar, amar, reír. Yo quiero eso. Y aunque necesito un silencio interno, también sentir emociones. Poco antes de que Matías muriera le dije que quería componer mi propia alegría (la alegría es uno de los palos flamencos) porque me sentía tan bien, tan en armonía… Creo que eso también es clave para que no esté tan destruida. Cuando bailo no me olvido de mí y mi circunstancia, estoy presente en cuerpo y alma. No es que voy a trabajar para no pensar. No. Estoy súper consciente, rota en pedazos o más bien con mis pedazos desorganizados. Sé que con el baile se van a ir organizando: esta pieza encajará acá, esta otra allá. Algún día se formará el puzzle. Se fue algo muy importante de mi vida pero quedó otro gran amor, la danza. Cuando Matías murió caí en un torbellino de angustia. Pero en cuanto pude sostenerme un poco, pensé en tres cosas: hacer una exposición con sus fotos, armar un espectáculo flamenco basado en nuestra relación y escribir un libro con sus fotografías y mis textos… me gusta escribir y era nuestro proyecto. Esto tiene que ver con la catarsis y con comprender que la vida es esto pero no puede ser que ahora sea solo el vacío. Necesito llenarlo con algo artístico”.

Clarin.com/ Sumplementos/ Mujer/ 24.07.15

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